En este momento estás viendo Renacer en La Lorena

Renacer en La Lorena

La historia de Hugo Mora y su café único

Hugo Mora había nacido en la tierra del café. Desde niño, las montañas de su pueblo le habían enseñado a respetar el arte de la caficultura, un arte transmitido de generación en generación. Aunque había trabajado con esmero en las fincas de otros durante toda su vida, nunca había tenido la oportunidad de ser dueño de una propiedad propia. Durante años, el sueño de tener su propia finca parecía un anhelo lejano, una meta inalcanzable. Sin embargo, el destino le tenía preparada una oportunidad que cambiaría su vida.

 

 

Las montañas de su pueblo le habían enseñado a respetar el arte de la caficultura

En 2010, Hugo decidió arriesgarse. Después de años de ahorrar y soñar, compró la finca La Lorena. Era un terreno de 4 hectáreas en una región montañosa, ideal para el cultivo de café. Aunque el paisaje era majestuoso, el desafío era grande. Hugo, con su profundo amor por el café, comenzó plantando dos hectáreas con semillas de café Castillo, una variedad resistente, pero más convencional. El primer ciclo de cultivo estuvo lleno de sacrificio, de trabajo arduo bajo el sol, pero también de esperanza.

Sin embargo, cuando llegó el momento de la cosecha, la realidad fue dura. Los precios del mercado no eran los que Hugo había anticipado, y el café que había producido se vendió a un precio mucho más bajo del esperado. Las horas de trabajo y el cuidado que había puesto en cada planta parecían no haber dado fruto, al menos no de la manera que Hugo había imaginado. Descorazonado, comenzó a cuestionarse si su método de procesamiento era el adecuado, y si realmente podía ofrecer algo distinto en un mercado tan competitivo como el colombiano. La esperanza comenzó a desvanecerse, y Hugo sintió que su sueño de ser un caficultor exitoso estaba a punto de desmoronarse.

 

Pero a veces, el cambio llega cuando menos lo esperas.

Fue en 2015 cuando conoció a su vecino, Don Luis, un hombre de mirada profunda y conocimiento vasto sobre el café. Don Luis no solo era un exportador, sino un apasionado de las variedades exóticas de café. Mientras compartían una tarde en la que el sol bañaba las montañas, Don Luis le habló a Hugo de algo que cambiaría su vida: los cafés de especialidad y las variedades exóticas. Le explicó que los cafés exóticos no solo eran más apreciados en los mercados internacionales, sino que su potencial de calidad era mucho más alto. Entre los nombres que mencionó, Hugo escuchó con asombro las palabras Bourbon Rosado, Mara Caturra y Gesha, variedades que hasta ese momento Hugo solo había oído mencionar en conversaciones de expertos, pero que le parecían tan distantes como las estrellas.


Don Luis, con una generosidad que Hugo nunca olvidaría, le ofreció su ayuda para acceder a esas semillas y, más importante aún, le enseñó los secretos de la siembra y el procesamiento de estas variedades especiales. Hugo, aunque lleno de dudas, sintió una chispa de emoción renacer en su interior. La Lorena podía ser más que una finca común. Podía ser un lugar de innovación, de creación de algo único. Y esa idea lo apasionó.

 

A partir de ese momento, Hugo se sumergió en el cultivo de variedades como el Pink Bourbon, un café con un perfil dulce y floral; el Mara Caturra, que ofrecía una acidez brillante y una excelente taza de calidad; y el exclusivo Gesha, conocido por su complejidad y sus notas exóticas que lo habían catapultado como uno de los cafés más prestigiosos del mundo.

La transición no fue sencilla

 

Hugo tuvo que aprender nuevas técnicas de cultivo, adoptar métodos de procesamiento más complejos y estar dispuesto a equivocarse. Pero lo hizo con la convicción de que estaba construyendo algo distinto, algo que no solo cambiaría la vida de La Lorena, sino que también podría transformar el panorama del café colombiano. Los años que siguieron fueron de constante experimentación, de ajustes en los procesos de fermentación, de secado controlado y de selección rigurosa de los granos. Hugo no quería solo producir café. Quería producir café con alma, un café que contara una historia desde la planta hasta la taza.


En 2018, después de haber logrado una cosecha de su primer lote de Bourbon Rosado, Hugo vio el fruto de su esfuerzo. El café que antes solo se comercializaba a precios bajos, ahora comenzaba a captar la atención de expertos catadores y compradores internacionales. Cada taza que salía de su finca era un testimonio de la transformación de La Lorena. La finca, que años antes había sido solo un sueño, se convirtió en un referente de calidad y excelencia.

 

Hoy, La Lorena es un símbolo de lo que es posible cuando el corazón de un agricultor se encuentra con la pasión por la calidad. Hugo ya no es solo un caficultor; es un creador, un pionero que ha demostrado que, incluso en los momentos de mayor desesperanza, siempre hay una oportunidad para reinventarse. Y aunque la finca sigue creciendo y evolucionando, Hugo nunca olvida el aprendizaje más importante de su vida: el café es mucho más que una planta. Es una historia, una lucha, y sobre todo, un renacer.